viernes, 18 de noviembre de 2011

Discurso en el acto de Colación de Grados

Discurso pronunciado en representación de los egresados de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, en el marco del acto desarrollado en el día de hoy con motivo de la CXIII Colación de Grados y XLIII Colación de Posgrados.

El grupo de estudiantes hoy aquí homenajeado no puede permanecer ajeno a la coyuntura de su tiempo. Aquí varios graduados de la Universidad Nacional de la Patagonia reciben los títulos que consagran toda una carrera universitaria y nos permiten iniciar una nueva etapa en nuestras vidas, dedicada al ejercicio profesional. Es una circunstancia que nos llena de alegría y que agradecemos, tanto a directivos, docentes, no docentes y a nuestros compañeros.

Pero al mismo tiempo vemos, por ejemplo, cómo los hermanos chilenos están en plena lucha por algo que a nuestra vista está naturalizado: la educación universitaria pública y gratuita. Es que –afortunadamente– en la Argentina tenemos el privilegio de contar con un sistema educativo al que, en líneas generales, todos tenemos acceso. Y resaltamos la expresión “en líneas generales” ya que somos conscientes de las limitaciones que sufren compatriotas que se ven excluidos del mismo por factores socio-económicos.

Sin embargo, en un país en que las tendencias neoliberales y privatistas se han instalado y tienen un peso variable aunque siempre presente en las políticas públicas, es necesario que todos los que nos encontramos vinculados a la universidad pública seamos conscientes de la situación privilegiada que significa tener la posibilidad de ejercer este derecho, que ha sido reconocido desde el siglo pasado. Y más aún, que tengamos noción del compromiso con su sostenimiento y ampliación, que es necesario ante el peligro –siempre presente– de que las políticas públicas adoptadas puedan provocar retrocesos. Demasiado retroceso ha experimentado la educación pública desde los nefastos sucesos de “la noche de los bastones largos” del 29 de julio de 1966.

Es por ello que esta circunstancia es la más propicia para llevar un mensaje a la comunidad universitaria de la Universidad Nacional de la Patagonia. Dicho mensaje llega a todos en general para incitarnos a tomar conciencia de esta favorable situación en que vivimos, de contar con un sistema de educación universitaria público y gratuito. Varios de nosotros no estaríamos hoy aquí si no contáramos con él. No habríamos podido continuar más allá de la instrucción primaria, o con gran esfuerzo habríamos podido concluir apenas la educación secundaria.

Esta toma de conciencia se traduce en el deber de tener siempre presente un sentimiento de solidaridad para con los integrantes de nuestra comunidad, con el horizonte puesto en que, sobre la base de nuestro esfuerzo y compromiso con la universidad pública, ellos también puedan contar en el futuro con esta posibilidad que hoy vemos materializada en este acto. Un compromiso comunitario con el afianzamiento y expansión de la educación pública, para que cada día queden excluidos de ella menos ciudadanos.

Para los graduados y estudiantes en general, este mensaje tiene un significado especial. Con él, nos dirigimos al graduado, con un llamado a mantenerse comprometido con la universidad que le ha brindado esta posibilidad de progreso personal y social. Eso, más allá del rol o vínculo de carácter académico que uno pueda seguir teniendo. Implica, principalmente, mantenerse interesado por su realidad y colaborando con la solución de sus problemáticas. No es la actitud correcta la de graduarse y una vez obtenida la autorización para ejercer una actividad profesional, desaparecer de la universidad, sin interesarse por lo que deja a sus espaldas. Como se sostiene en el Manifiesto liminar de la reforma universitaria con toda contundencia, “la única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla”. Tal vez la participación como graduado, con su relevancia comunitaria, sea una buena vía para continuar la participación estudiantil, o para enmendar el error previo del desinterés.

Para los estudiantes en el curso de su carrera, este mensaje debe llegar de otra forma. El compromiso con la universidad pública implica no solo el reclamo por su problemática colectiva o gremial, sino también reconocer el esfuerzo requerido desde el punto de vista académico, ya que lo que en el ámbito universitario se desarrolla es una actividad científica o técnica, y el prestigio de la universidad pública se construye también sobre la base del desempeño académico, ya que tiene directa relación con la actividad que el día de mañana van a realizar como profesionales, y los frutos que a la comunidad ello le va a reportar.

Finalmente, este mensaje de conciencia respecto a la universidad pública tiene una traducción propia para los docentes. La tarea desarrollada por ellos requiere un compromiso científico especial. La universidad es el ámbito de investigación por excelencia, el ámbito de generación y desarrollo de conocimientos, y el carácter público le añade una nota específica que torna estos avances en importantes aportes para la comunidad toda. El desarrollo de la actividad universitaria requiere ese compromiso, esa actitud.

Por eso es tan impropio que un docente se estanque en una determinada cantera de conocimientos y no tenga la amplitud como para avanzar sobre otras vertientes. La cátedra que se ciñe a un libro o a un autor, que reduce el mundo a lo que queda dentro de esas fronteras, que lo consagra con ánimo fideísta, le produce un daño mayúsculo a la universidad pública. Retrocede casi un siglo, y da por tierra con las luchas de hace cien años por una educación universitaria libre de dogmas. No se condice siquiera con nuestro tiempo. Desde el Pacífico nos llega, a través del borrador de las “Bases para un acuerdo social por la educación chilena”, que “la generación y transmisión del conocimiento en las instituciones públicas debe oponerse a cualquier dogmatismo y práctica adoctrinante”.

Idéntico daño le provoca el docente con actitud conformista. Aquella actitud de plantear que un área de conocimiento, por no estar suficientemente desarrollada en la literatura científica, no merece ser atendida, es una ofensa a la inteligencia. El recinto en que se debe generar dicho conocimiento es la universidad, de modo que en lugar de esas palabras, la energía debe destinarse a generar ese conocimiento ausente. La universidad no es solo un ámbito destinado a pontificar desde un escritorio a cambio de un sueldo, sino un lugar de investigación, un lugar de creación y desarrollo del conocimiento; un proceso de enseñanza y de aprendizaje que solo puede tener los efectos deseados en los estudiantes si se contagia con el ejemplo, el tesón y el profesionalismo. Caso contrario, deberemos prepararnos para futuras generaciones de profesionales mediocres, sin pensamiento crítico, y cuyo aporte a la sociedad será exiguo. Y en ese momento, la universidad pública se expondría como un gasto inútil.

Ya lo decían los padres fundadores de la universidad pública en la Argentina en el año 1918: “las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y —lo que es peor aún— el lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara.” Dicha situación no puede darse nuevamente. No podemos permitir que eso ocurra. Es parte también del compromiso del alumno, el compromiso de exigir una educación de calidad, no solo desde la infraestructura, sino desde lo académico. El reclamar una educación actualizada, científica y no dogmática. El tener y expresar un pensamiento crítico.

Es también la lucha de los hermanos chilenos, y por ello debemos hacernos cargo de nuestro contexto. En su “Decálogo de la educación superior pública”, la Federación trasandina proclama que “no se debe denominar universidad un lugar donde no se hace investigación, donde ésta no interactúa con el medio, o donde solo se concentra parte pequeña de las áreas de conocimiento.”

No es la idea hacer de este discurso una lista de reproches. Sabemos que hay falencias, y deberemos todos aportar en forma conjunta para resolverlas. Sabemos que los recursos suelen ser el principal freno a las buenas iniciativas y al progreso o ampliación de las actividades académicas. Simplemente, dado el contexto en que nos toca manifestarnos, lo que llevamos es solo un mensaje a todos los miembros de la comunidad universitaria para que cada uno asuma el rol que le toca desempeñar, siendo que si eso se da de la mejor manera posible, la universidad pública se consolidará, logrará recuperar el terreno perdido desde las irrupciones golpistas de los últimos 50 años, y continuará siendo un factor de inclusión social y desarrollo para nuestra comunidad.

En palabras de Deodoro Roca, al clausurar el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, celebrado en Córdoba en julio de 1918, “por nuestros pensamientos pasa, silencioso casi, el porvenir de la civilización del país. Nada menos que eso está en nuestras manos, amigos míos.”

3 comentarios:

  1. El presente discurso está basado en un borrador de sometí a discusión ante los colegas graduados, fruto de cuyo debate surgió el presente texto.

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  2. No tengo mas palabras que decir que Me encantó, no quedó nada por decir... (sandra capaccioni)

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  3. Excelente texto Enrique, EXCELENTE.
    Creo que tocaste todos las aristas relevantes del tema, y si bien la argumentación ad hominem no es tu finalidad, intuyo algunos nombres que deben haber surcado tu cabeza al momento de escribir (!!). "Al que le quepa el sayo...", dice el refrán.
    Gran idea, además, de poner en valor la Reforma del '18. Con lo que está pasando en el mundo, y en particular del otro lado de la cordillera, sus principios están más vigentes que nunca.
    Felicitaciones!
    Rodrigo.

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